
1964 – Bautizo de Daniel Martínez Batanero en la capilla de la Clínica del Rosario
“-Dany, ¿tú eres de Cifuentes o de Trillo?” Me preguntó Antonio Román cuando me llamó para incluirme en la lista municipal al Ayuntamiento de Guadalajara en 2007. Aunque nos habíamos conocido y tratado desde los 14 años, era un dato mío sobre el que debía tener dudas…lo grave es que, en el fondo, yo tampoco lo tenía claro.
Me temo, y a mucha honra, que soy de Cifuentes, de Trillo y de unos cuantos sitios más…
Desde Trillo, que es el pueblo de mi familia materna y donde vivíamos en nuestra casa de la Plaza de la Vega, al cerrar el colegio del Sanatorio y el cuartel de la a Guardia Civil, llegué con mi familia a Cifuentes con tan sólo tres años de edad. En Trillo aprendí a mamar, a caminar, a montar en triciclo y a nadar en el río Tajo.
Sin embargo, en Cifuentes fui párvulo, pasé toda mi infancia, jugué a todo lo que se jugaba entonces, enterré a un amigo muy querido cuando aún llevábamos pantalón corto, recibí la primera Comunión y la Confirmación, di mi primer beso, fumé mi primer pitillo, disfruté de sus ferias y de sus fiestas, tuve mis amigotes de juventud, mi peña, mi primera novia, mi primer coche, pregoné con 19 años las fiestas patronales, fui concejal y me marché con 26 años, al casarme. He asistido en mi vida a más de 100 bodas de cifontinos; y espero asistir a muchas más. Además de mis padres y hermanos, en Cifuentes conviví con dos hermanos de mi madre y con mis primos (los cuatro hijos del que no era sacerdote, trillano casado con una cifontina), mi abuela y su hermana…
Lo cierto es que cuando un extraño me pregunta que de dónde soy, mi respuesta inmediata y espontánea es que soy de Cifuentes (si es alguien de la zona, aclaro, «pero desciendo de Trillo»).
Sin embargo, viviendo en Cifuentes, con tan solo 10 años me internaron en Guadalajara; allí hice EGB, BUP y COU, pasando por tres colegios religiosos distintos (Diocesano, Salesianos y las Anas). A esos 8 años interno les debo, además de la educación en todos los sentidos, el conocimiento de la Guadalajara de mi generación, los deportes escolares, las escapadas a bares, discotecas y pubs; y hasta el carnet de conducir, como premio al finalizar la selectividad. Si uno es de donde más amigos tiene, entonces soy de Guadalajara, aunque el internado me proporcionó también amigos y conocidos de toda la provincia; porque un buen compañero de internado acaba siendo como de tu familia: son muchas las situaciones vividas cuando se comparten las 24 horas del día bajo la presión de la disciplina y el estudio…
Y de ahí, a Madrid, a la Universidad, nuevamente interno, esta vez en la Residencia Universitaria de los hijos de la benemérita.
Durante 30 años (salvo un paréntesis de dos años en Madrid y otro de cuatro en Toledo), he trabajado en Tres Cantos, que cuando llegué todavía era una Junta de Distrito de Colmenar Viejo con unos pocos edificios y las empresas pioneras abriendo sus negocio o poniendo su primera piedra. Igual ya soy de Tres Cantos también; como buen “workaholic”, si realizo el cómputo, estoy seguro de que es la población donde más horas he pasado en mi vida. Si ése fuera el criterio principal, soy tricantino.
Además, tuve una vida de urbanización muy feliz con mi mujer y mis dos hijos pequeños en Torrejón del Rey más de una década; ahora vivo en Cabanillas, mi familia paterna es de Turmiel, he pregonado fiestas patronales y recibido distintivos en una decena de pueblos, y en mis más de 16 años en dos multinacionales, he realizado numerosos viajes de formación y trabajo por el mundo mundial, incluido un postgrado en Holanda…
Pero ¿uno es de donde nace o de donde pace?
Porque si uno es donde nace, tengo que proclamar a los cuatro vientos que mi ciudad natal es Madrid; nací y fui bautizado en el Barrio de Salamanca, en la Clínica del Rosario. Mi madre, Doña Rosario, planificó concienzudamente su parto en Madrid, donde se trasladó unos meses antes, porque servidor venía enorme y ya daba guerra antes de nacer, y ella quería minimizar riesgos porque se consideraba mayor para ser una madre primeriza (hoy no lo sería en absoluto).
La foto de mi bautizo es un puro reflejo de la época; la analicé con cierto detenimiento cuando la encontré, ya fallecidos mis padres. Estoy en brazos de mi madrina, mi abuela Teresa Ochaita Muñoyerro; no era infrecuente tener a tu abuela por madrina, especialmente si eras primogénito. Me bautizó su primo carnal, el arzobispo Muñoyerro, en la pequeña capilla de la clínica.
Muñoyerro, arzobispo de Sión, era también General de División, Vicario General Castrense, doctor en farmacia, académico de la Real Academia de Farmacia y autor del Código de Deontología Farmaceútica). Previamente había sido Obispo de nuestra diócesis; amante de su pueblo, ejerció de mentor de seminaristas trillanos, como la saga de los Ochaitas, de la que salieron sacerdotes intelectualmente brillantes y doctrinalmente rigurosos…
Don Antonio, afamado pediatra hermano del arzobispo, unas horas antes me había cogido por los pies, colgado cabeza abajo como a un conejo, y tras examinarme detenidamente sentenció entre mis gritos: “-Tiene un cráneo ejemplar, será un chico listo” (ergo no sería guapo, alto o delgado…).
En la foto veo que mi padre viste uniforme (como siempre le recuerdo) y que mi madre, en vez de protagonista, es la gran ausente: todavía se estaba reponiendo de un parto difícil y no era cuestión de que por esperar unos días su querido vástago pudiese acabar en el limbo de los justos en lugar de en el cielo si fallecía súbitamente…
Detrás de la madrina, el padrino, mi tío Pablito, hermano de mi padre, con otro primo de Turmiel a su derecha. Qué sensación da verle tan joven y con ese porte que le ha caracterizado toda su vida.
En el lado izquierdo de la foto, un hermano de mi madre, mi tío Manolo (d.e.p.), alto y elegante, junto a su mujer, mi tía Carmen (d.e.p.), con mantilla. Identifico desperdigados a tres de sus cuatro hijos: Manolín (d.e.p.), Julito y José Javier; son de los mayores entre mis primos Bataneros, madrileños, entrañables y urbanos como su madre, pero que disfrutaron de lo lindo algunos veranos rurales en Trillo.
También logro reconocer a mi querido primo Jesús Batanero, a la derecha de Manolín; me solían decir que él y yo, de cabello castaño ligeramente pelirrojo, nos damos un aire a nuestro abuelo Segundo Batanero, el boticario de Trillo (“el que a los suyos parece, honra merece”).
A alguno le parecerá una triste fotografía de una España en blanco y negro. Sin embargo, todos somos el fruto de un legado y hay una parte de esa esencia que impregna nuestro ADN, recorre nuestras venas y, con las claves de dónde vinimos, nos ayuda a comprender cómo somos, en qué creemos, a dónde vamos…